
Cómo se animó, hasta ahora no lo sé. Lo cierto es que, aunque su compañía me agradaba, no entendía que tenía que hacer mi hermana en esto. Elisa, la lady de la casa, la que cuida su nariz, su ropa y odia sudar, había decidido acompañarme a Argentina para verme pelear. Si. Viajaría con su plata (yo con auspicios) acompañada de puros hombres que suelen oler mal durante las prácticas, con cicatrices y con quizás un trato poco acostumbrado para una mujer de su clase.
Fue en abril de 2004. Perú, por primera vez era invitado a participar en un evento de la Confederación Sudamericana de Muay Thai, el organismo que sin duda reúne a los mejores peleadores de Sudamérica. Ella viajó conmigo, a mi lado todo el tiempo, dándome confianza. Mis compañeros y entrenadores, aunque la conocía y la apreciaban, no dejaban de mirarla como un ser de otro mundo. Sin duda, era así, pues jamás me hubiese imaginado verla tan entusiasmada y, como siempre, a la moda, entrando a un terreno tan rudo.
Al llegar a Buenos Aires, fuimos 'bien recibidos'. Pude notar (y expresar luego cuando hablé con Elisa) que los locales pensaban que éramos los rivales más sencillos. Sus miradas denotaban desde un asombro lastimero hasta preocupación por ser la carne de cañón. Inclusive, recuerdo que cuando se hizo el sorteo para ver contra quién nos enfrentaríamos y de qué país, nuestros rivales celebraban cuando les tocaba con Perú.
"Perú, che, dónde se ha visto que hagan Muay Thai", escuché por allí, aunque en son de broma. Yo y mis compañeros de equipo, Ángelo y Freddy Lescano y mi gran amigo Marco Valiente (Q.E.P.D.) teníamos ciertas dudas. Qué les digo, varios argentinos ya habían estado en Tailandia, Holanda y Francia, entrenando y peleando. Ese era el performance de todos los que acudían a la justa: Uruguay, Brasil, Chile, Bolivia, etc. Nosotros, si bien es cierto, teníamos un buen equipo de hecho que la experiencia en el extranjero no estaba a nuestro favor. Yo era el único que había peleado antes en el exterior y el que tenía más peleas. Aunque mis compañeros me veían como una especie de capitán y yo me mostraba indeleble, lo cierto era que por dentro, temía que nuestros rivales nos arranquen la cabeza. Marco Valiente (en otro post contaré nuestra historia de amigos) también tenía mucha experiencia en el ring, inclusive peleando con foráneos, pero jamás lo había hecho de visitante. Así, llegaban las horas para el encuentro, mientras los nervios crecían. Yo sabía que quizás el único factor que teníamos a nuestro favor era el exceso de confianza de todos los competidores en general, al vernos por encima del hombro. Estaba seguro que solo el factor sorpresa haría que saliéramos 'vivos' de esto. Por dentro, no podía evitar tener miedo. Lo cierto es que me moría de miedo; pero si yo, el más experimentado, mostraba eso, qué podría esperar de los demás. Los minutos transcurrían y las preguntas de mis amigos no cesaban: ¿cómo son los argentinos, son como en el fútbol o como en el box? ¿fajan o son técnicos? yo los eludía diciendo: "ya los van a ver. No son nada del otro mundo..." por dentro, afirmaba el corazón para que no se me quiebre la voz. Elisa estaba pendiente de todo y ella, estoy seguro, sentía lo mismo que yo. Nuestras miradas se decían todo.
El día que cada uno conoció a sus rivales fue caótico (24 horas antes del combate). Las miradas de los peruanos no sabían a dónde ir... mientras que las de los extranjeros, todas iban como puñales a nuestros ojos. Yo trataba de mantener el rostro y la mirada dura. Con esfuerzo, lo lograba.
A pesar de que tenía más peleas que mis compañeros, tampoco sabía a qué me enfrentaba. Quizás eran máquinas asesinas que todos los días desayunaban tipos como nosotros. Me gustaría agregar hoy un pensamiento contrario pero, en ese momento, no se me ocurría otra cosa. Entonces, decidí esperar la hora cero tratando de disfrutar del país. Ya había hecho el peso (61 kilos) así que no tenía por qué medirme más. Me dediqué a comer y a ver preciosas chicas en la calle. Claro, de la manera más respetuosa. En Argentina es imposible dejar de hacer estas dos cosas he.
Bueno, el día del combate desayuné muy bien y traté de conversar mucho con mis compañeros y con mi hermana, que se caracteriza por tener un carácter fuerte. Ella, la única mujer en el equipo, parecía estar más segura que todos nosotros. El miedo es normal en un peleador antes de subir al ring pero al tener a todos los compañeros temblando, suele haber un clima de desconcierto.
Ya empezaban los 'muñecos'. Aun no había orden de las peleas o, mejor dicho, a nadie se le había ocurrido constatarlo. Ya en el coliseo, a poco de empezar, dan la relación de combates. Uno de los nuestros, recuerdo, había entrado en un letargo de pánico. Yo considero que no era para tanto, pero cada persona es diferente. Mi amigo estaba en posición fetal y no respondía ninguna pregunta... solo miraba al vacío. Justamente, él fue el primero de la lista en ser llamado. Yo no podía permitir que mi compañero suba en ese estado al ring, así que, tras hablar con mi entrenador, decidí entregarme yo primero a la carnicería.
Mi hermana me apoyó pues sabía que era lo correcto, aunque sus ojitos dibujaron, por primera vez, mucha preocupación. Al carajo, dije, si hay alguien que tiene que subir a pelear ese debería ser yo. Aunque, me cuesta aceptarlo, la gente podía oler el pánico al pararse junto a mí. Mis compañeros, desde los camerinos, veían entre atemorizados y curiosos lo que se venía.
Mi pelea era la quinta. Las cuatro anteriores habían terminado por K.O., dos de las primeras 'víctimas' habían salido en camilla, casi inconscientes. El miedo siempre se paseaba por mi lado y me coqueteaba, pero al final se va como vino, de la nada. Esta vez, parecía tomarme de la mano y guiarme hasta el entarimado. Simplemente, me sentía descorazonado. Sudando sin haber movido un músculo y hasta tartamudeando. Creo que nadie se percató de ello. Bueno, solo mi hermana.
Antes de salir, Elisa dijo algo que quizás ahora ella no lo recuerde pero que en mi mente vaga cada vez que voy a pelear: "Miguel, sabes que ahora todo depende de ti", me dijo. Entonces, comprendí que si yo salía a ganar, así perdiera o me noquearan, todos mis amigos verían que nuestro rival era un ser humano que también tenía miedo, hambre, sueño y dolor. Sus palabras me dieron fortaleza y aliento. Era como si me hubiese hecho reflexionar acerca de mi responsabilidad como hombre, capitán del equipo, hermano mayor y peruano. Comprendí que el valiente no es el que pelea sin temor sino quien, a pesar de él, decide enfrentar su destino. Subí sin importarme si el que estaba al frente era un campeón mundial o tenía 100 kilos más que yo. Igual, iba decidido a todo y con todo.
Cuando estuve frente a él, antes de iniciar el primer round, pude ver su rostro pálido, su pelo rubio y sus ojos claros de cerca. No tenía cara de asesino sanguinario sino, más bien, de modelo de revista. Tenía hasta gomina en el cabello y un peinado extraño. Entonces, decidí cambiar de cara. Mis ojos se volvieron más pequeños, como si fuera a llorar. Es más, decidí presentarme casi temblando, como si mi entrenador me hubiese subido a la fuerza. Por dentro, el miedo se disipaba para dar paso a la adrenalina y al instinto de supervivencia que nos hace huir o, como en este caso, pelear dispuesto a morir. El tipo cada vez se sentía más confiado. No dejaba de mostrar sus dientes en una sonrisa torcida y burlona. "A ver pues cholito con cara de huevón, cuántos minutos me duras", parecía decir. La gente, casi todos argentinos, decían en coro: matalo, rompelo (escribo sin tilde porque ellos hablan así). Al chocar los guantes, mis manos se mostraban inseguras y temerosas. Parecía un cervatillo asustado dentro de la jaula de un león hambriento. Por dentro, podía sentir un fuego incontrolable que me ponía como una fiera a punto de lanzarse sobre su presa. Así comenzó la pelea. Sin miramientos, lancé mis mejores golpes a la cabeza de mi rival tratando de sorprenderlo. Su confianza le jugó mal y empezó a desesperarse. Encima, sentía la presión de su barra sedienta de sangre, mi sangre, que a pesar de los minutos corriendo por el reloj, no manchaban la lona. Poco a poco su orgullo le hizo cometer errores garrafales. Entonces, la cosa se puso buena para mí.
Fueron tres rounds muy muy duros... pero para el Argentino. Ahora, yo era el cazador y él la presa. Lo apabullé con mis patadas de giro, mi boxeo y mis rodillas con salto. No lo dejé pensar y utilicé su excesiva confianza a mi favor. Nunca me tocó. Cada vez dudaba más. Cuando lo vi aflojar, me fui con todo encima, dispuesto a terminar la pelea. En el último asalto, le conecté una rodilla en la nariz y se la partí. Sentí claramente el crujido del hueso, como en cámara lenta. Ya lo había derribado dos veces pero el argentino, a puro huevo, se había puesto de pie dispuesto a seguir. En esta oportunidad, continuar era imposible. Su blanco pecho ahora era un concierto de colores: violeta por los golpes, rojo por la sangre -su sangre- y amarillo pálido por el susto y el dolor.
Gané la pelea por K.O. Mis compañeros no lo podía creer y yo tampoco. Le había ganado al argentino y no solo eso, sino que le había dado una verdadera paliza. Ese día, todos mis compañeros ganaron y pelearon muy bien. Entonces, gracias al toque femenino, abrí el camino para que todos saliéramos airosos, con nuestras cabezas enteras y con un profundo respeto de los demás. Luego, la cosa creció, y otros peruanos fueron allá y demostraron que nuestro país es el mejor. Así como lo leen: somos temidos por nuestra extraordinaria técnica y gran coraje. Pero, a mi modo de ver, el camino se inició gracias a un toque femenino: al de mi hermana, la lady.
Fue en abril de 2004. Perú, por primera vez era invitado a participar en un evento de la Confederación Sudamericana de Muay Thai, el organismo que sin duda reúne a los mejores peleadores de Sudamérica. Ella viajó conmigo, a mi lado todo el tiempo, dándome confianza. Mis compañeros y entrenadores, aunque la conocía y la apreciaban, no dejaban de mirarla como un ser de otro mundo. Sin duda, era así, pues jamás me hubiese imaginado verla tan entusiasmada y, como siempre, a la moda, entrando a un terreno tan rudo.
Al llegar a Buenos Aires, fuimos 'bien recibidos'. Pude notar (y expresar luego cuando hablé con Elisa) que los locales pensaban que éramos los rivales más sencillos. Sus miradas denotaban desde un asombro lastimero hasta preocupación por ser la carne de cañón. Inclusive, recuerdo que cuando se hizo el sorteo para ver contra quién nos enfrentaríamos y de qué país, nuestros rivales celebraban cuando les tocaba con Perú.
"Perú, che, dónde se ha visto que hagan Muay Thai", escuché por allí, aunque en son de broma. Yo y mis compañeros de equipo, Ángelo y Freddy Lescano y mi gran amigo Marco Valiente (Q.E.P.D.) teníamos ciertas dudas. Qué les digo, varios argentinos ya habían estado en Tailandia, Holanda y Francia, entrenando y peleando. Ese era el performance de todos los que acudían a la justa: Uruguay, Brasil, Chile, Bolivia, etc. Nosotros, si bien es cierto, teníamos un buen equipo de hecho que la experiencia en el extranjero no estaba a nuestro favor. Yo era el único que había peleado antes en el exterior y el que tenía más peleas. Aunque mis compañeros me veían como una especie de capitán y yo me mostraba indeleble, lo cierto era que por dentro, temía que nuestros rivales nos arranquen la cabeza. Marco Valiente (en otro post contaré nuestra historia de amigos) también tenía mucha experiencia en el ring, inclusive peleando con foráneos, pero jamás lo había hecho de visitante. Así, llegaban las horas para el encuentro, mientras los nervios crecían. Yo sabía que quizás el único factor que teníamos a nuestro favor era el exceso de confianza de todos los competidores en general, al vernos por encima del hombro. Estaba seguro que solo el factor sorpresa haría que saliéramos 'vivos' de esto. Por dentro, no podía evitar tener miedo. Lo cierto es que me moría de miedo; pero si yo, el más experimentado, mostraba eso, qué podría esperar de los demás. Los minutos transcurrían y las preguntas de mis amigos no cesaban: ¿cómo son los argentinos, son como en el fútbol o como en el box? ¿fajan o son técnicos? yo los eludía diciendo: "ya los van a ver. No son nada del otro mundo..." por dentro, afirmaba el corazón para que no se me quiebre la voz. Elisa estaba pendiente de todo y ella, estoy seguro, sentía lo mismo que yo. Nuestras miradas se decían todo.
El día que cada uno conoció a sus rivales fue caótico (24 horas antes del combate). Las miradas de los peruanos no sabían a dónde ir... mientras que las de los extranjeros, todas iban como puñales a nuestros ojos. Yo trataba de mantener el rostro y la mirada dura. Con esfuerzo, lo lograba.
A pesar de que tenía más peleas que mis compañeros, tampoco sabía a qué me enfrentaba. Quizás eran máquinas asesinas que todos los días desayunaban tipos como nosotros. Me gustaría agregar hoy un pensamiento contrario pero, en ese momento, no se me ocurría otra cosa. Entonces, decidí esperar la hora cero tratando de disfrutar del país. Ya había hecho el peso (61 kilos) así que no tenía por qué medirme más. Me dediqué a comer y a ver preciosas chicas en la calle. Claro, de la manera más respetuosa. En Argentina es imposible dejar de hacer estas dos cosas he.
Bueno, el día del combate desayuné muy bien y traté de conversar mucho con mis compañeros y con mi hermana, que se caracteriza por tener un carácter fuerte. Ella, la única mujer en el equipo, parecía estar más segura que todos nosotros. El miedo es normal en un peleador antes de subir al ring pero al tener a todos los compañeros temblando, suele haber un clima de desconcierto.
Ya empezaban los 'muñecos'. Aun no había orden de las peleas o, mejor dicho, a nadie se le había ocurrido constatarlo. Ya en el coliseo, a poco de empezar, dan la relación de combates. Uno de los nuestros, recuerdo, había entrado en un letargo de pánico. Yo considero que no era para tanto, pero cada persona es diferente. Mi amigo estaba en posición fetal y no respondía ninguna pregunta... solo miraba al vacío. Justamente, él fue el primero de la lista en ser llamado. Yo no podía permitir que mi compañero suba en ese estado al ring, así que, tras hablar con mi entrenador, decidí entregarme yo primero a la carnicería.
Mi hermana me apoyó pues sabía que era lo correcto, aunque sus ojitos dibujaron, por primera vez, mucha preocupación. Al carajo, dije, si hay alguien que tiene que subir a pelear ese debería ser yo. Aunque, me cuesta aceptarlo, la gente podía oler el pánico al pararse junto a mí. Mis compañeros, desde los camerinos, veían entre atemorizados y curiosos lo que se venía.
Mi pelea era la quinta. Las cuatro anteriores habían terminado por K.O., dos de las primeras 'víctimas' habían salido en camilla, casi inconscientes. El miedo siempre se paseaba por mi lado y me coqueteaba, pero al final se va como vino, de la nada. Esta vez, parecía tomarme de la mano y guiarme hasta el entarimado. Simplemente, me sentía descorazonado. Sudando sin haber movido un músculo y hasta tartamudeando. Creo que nadie se percató de ello. Bueno, solo mi hermana.
Antes de salir, Elisa dijo algo que quizás ahora ella no lo recuerde pero que en mi mente vaga cada vez que voy a pelear: "Miguel, sabes que ahora todo depende de ti", me dijo. Entonces, comprendí que si yo salía a ganar, así perdiera o me noquearan, todos mis amigos verían que nuestro rival era un ser humano que también tenía miedo, hambre, sueño y dolor. Sus palabras me dieron fortaleza y aliento. Era como si me hubiese hecho reflexionar acerca de mi responsabilidad como hombre, capitán del equipo, hermano mayor y peruano. Comprendí que el valiente no es el que pelea sin temor sino quien, a pesar de él, decide enfrentar su destino. Subí sin importarme si el que estaba al frente era un campeón mundial o tenía 100 kilos más que yo. Igual, iba decidido a todo y con todo.
Cuando estuve frente a él, antes de iniciar el primer round, pude ver su rostro pálido, su pelo rubio y sus ojos claros de cerca. No tenía cara de asesino sanguinario sino, más bien, de modelo de revista. Tenía hasta gomina en el cabello y un peinado extraño. Entonces, decidí cambiar de cara. Mis ojos se volvieron más pequeños, como si fuera a llorar. Es más, decidí presentarme casi temblando, como si mi entrenador me hubiese subido a la fuerza. Por dentro, el miedo se disipaba para dar paso a la adrenalina y al instinto de supervivencia que nos hace huir o, como en este caso, pelear dispuesto a morir. El tipo cada vez se sentía más confiado. No dejaba de mostrar sus dientes en una sonrisa torcida y burlona. "A ver pues cholito con cara de huevón, cuántos minutos me duras", parecía decir. La gente, casi todos argentinos, decían en coro: matalo, rompelo (escribo sin tilde porque ellos hablan así). Al chocar los guantes, mis manos se mostraban inseguras y temerosas. Parecía un cervatillo asustado dentro de la jaula de un león hambriento. Por dentro, podía sentir un fuego incontrolable que me ponía como una fiera a punto de lanzarse sobre su presa. Así comenzó la pelea. Sin miramientos, lancé mis mejores golpes a la cabeza de mi rival tratando de sorprenderlo. Su confianza le jugó mal y empezó a desesperarse. Encima, sentía la presión de su barra sedienta de sangre, mi sangre, que a pesar de los minutos corriendo por el reloj, no manchaban la lona. Poco a poco su orgullo le hizo cometer errores garrafales. Entonces, la cosa se puso buena para mí.
Fueron tres rounds muy muy duros... pero para el Argentino. Ahora, yo era el cazador y él la presa. Lo apabullé con mis patadas de giro, mi boxeo y mis rodillas con salto. No lo dejé pensar y utilicé su excesiva confianza a mi favor. Nunca me tocó. Cada vez dudaba más. Cuando lo vi aflojar, me fui con todo encima, dispuesto a terminar la pelea. En el último asalto, le conecté una rodilla en la nariz y se la partí. Sentí claramente el crujido del hueso, como en cámara lenta. Ya lo había derribado dos veces pero el argentino, a puro huevo, se había puesto de pie dispuesto a seguir. En esta oportunidad, continuar era imposible. Su blanco pecho ahora era un concierto de colores: violeta por los golpes, rojo por la sangre -su sangre- y amarillo pálido por el susto y el dolor.
Gané la pelea por K.O. Mis compañeros no lo podía creer y yo tampoco. Le había ganado al argentino y no solo eso, sino que le había dado una verdadera paliza. Ese día, todos mis compañeros ganaron y pelearon muy bien. Entonces, gracias al toque femenino, abrí el camino para que todos saliéramos airosos, con nuestras cabezas enteras y con un profundo respeto de los demás. Luego, la cosa creció, y otros peruanos fueron allá y demostraron que nuestro país es el mejor. Así como lo leen: somos temidos por nuestra extraordinaria técnica y gran coraje. Pero, a mi modo de ver, el camino se inició gracias a un toque femenino: al de mi hermana, la lady.
1 comentario:
Linda historia !!!
Viva la lady !!!
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