domingo, 2 de noviembre de 2008

La respuesta a mi por qué


La pregunta vaga por todos lados, por cualquier lugar por donde paso y a cada instante. ¿Por qué? Mis días pasan entre entrenamientos, nervios, peleas y mucho sueño. Mis ojos se abren con los primeros rayos del sol y a pura voluntad, me incorporo hasta quedar vertical. Mi mochila celeste, fiel escudera y compañera infaltable, parece esperarme con ansias en el patio. Me dice "alístate huevón, no seas flojo. Carajo vas a pelear y tu quieres dormir". Abre su gran boca hambrienta con dos cierres y me permite alimentarla con mi ropa, mis zapatillas y mis guantes. Ahora que está llena y yo de pie, sabe que ya no puedo tirarme para atrás. Tomo un buen desayuno (de acuerdo a mi dieta) y enrrumbo para el gimnasio. Al llegar, el letargo se esfuma. "Miguelito carajo"; "campeón"; "llegó el 'Galgo'", escucho apenas pongo el primer pie en este lugar ya sagrado para mí. Me cambio y empiezo a entrenar. Por momentos, creo que el corazón o los pulmones se me van a salir. En otros, temo haberme fracturado algo y a veces, digo: "Espero que solo haya sido un golpe y que no me duela la cabeza más tarde". Pero igual, todos me miran con admiración. Tratan de imitar mis movimientos y me alientan a seguir para adelante. Al retirarme, mis compañeros me despiden de la misma forma en que me recibieron. Aunque me suelo sentir muy bien y con el ego al tope, yo sigo con la interrogante inicial.
Luego, al trabajo. En la puerta, Jorge, el vigilante, grita a dos cuadras "Campeón, cuándo peleas. Juégame entradas para mí y para mi novia". Yo lo estrecho, pues es un buen tipo y una vez más, le prometo darle los pases que siempre olvido. Los choferes me ven pasar y me saludan en coro "Miguelón, estamos contigo". Llegó a la redacción y sigo sintiendo y percibiendo la deferencia de mis compañeros. Sinceramente, es muy gratificante sentirse así, medio admirado y hasta mimado por ser capaz de subirme a un ring a fajarme con cualquiera. Pero a pesar de todo sigo escuchando el "¿por qué?. Los colegas de otros medios, cuando los veo o me los encuentro en comisión, no dejan de estrecharme la mano y de recordarme que les avise cuando vuelva a pelear. "¿En qué canal la pasan?", "¿cuándo es?", repiten. No hay día en que alguien no me pregunte eso. Hasta en la calle he sido reconocido por extraños y hasta por choferes de combi (en dos ocasiones) que me pidieron autógrafos y se tomaron fotos conmigo. Yo, emocionado, acepté. Pero la pregunta parece nunca irse.
Así, termino mis ocho horas de labores y otra vez tengo que ir a entrenar (entreno en doble horario). A la salida, es la misma historia de preguntas de los amigos y de pasadas de voz. La rutina ahora es de entrenamiento con pesas. Es un gimnasio al que recién estoy yendo y no conozco a nadie. Sin embargo, todos saben quién soy y me miran como si quisieran decirme algo. Algunos y algunas con incredulidad, otros con ojos de admiración y hasta percibo miradas medio románticas. Ese día, no veré a mi hijo. El tiempo que podía pasar con él, lo utilicé en mi entrenamiento y, al terminar, no sé si he priorizado bien. La pregunta entonces, retumba con más fuerza. ¿Por qué?. Me siento mal, triste, dolido. Mi hijo, de dos años y cuatro meses, se llama Marco y vive con su mamá, de quien estoy separado. Él me extraña y yo a él, pero ya es muy tarde para ir a verlo. A veces, las ganas de llorar me invaden y golpean fuerte y bajo. ¿Por qué? ¿Por qué? por qué sigo en esto, por qué hago esto. Yo debería estar con mi hijo ahora mismo. A la mierda las peleas y mis sueños, digo en un momento de desesperación. Pero esta respuesta no me llena y aunque es una solución, el ¿Por qué? sigue en mi cabeza.
Al dia siguiente, mi rutina es igual, solo que esta vez no me toca entrenar doble. Los saludos de "Campeón", "Galgo (el apodo de combate que me pusieron en Argentina", etc, aparecen casi en cada esquina, junto con esa interrogante que me mata. Esta vez, luego de trabajar, al llegar a casa y abrir la puerta muy despacio para darle una sorpresa, escucho la voz de mi hijo a lo lejos. Está hablando con mi padre y diciendo en su lenguaje entendible solo para nosotros "cuando sea gande, quiero ser boxeador como mi papito..", se pone sus guantes pequeñitos (porque tiene unos que mi papá le regaló) y empieza a imitar mis movimientos pugilísticos. Entonces, la respuesta viene a mi mente. No es mi prioridad que mi hijo escoja este duro oficio, es más, no quisiera que tenga la misma afición. Yo solo boxeo para demostrarle que no importa cuan duras sean las cosas. Nunca dejes de soñar y de tener ilusiones en tu corazón. Todo es posible con esfuerzo, hasta el más débil, el más lento, el más descoordinado y el más miedoso puede llegar a ser campeón y triunfar si se lo propone. Así fue mi historia. Y ahora, sin pensarlo, soy campeón sudamericano de Muay Thai, con 49 peleas, 26 K.O. y el primer peruano en haber luchado de preliminar de un título mundial en Argentina, transmitido en vivo por Fox Sports. He peleado en todo el continente. Claro que vale lo que estoy haciendo. Cuando sea viejo y, como voy a este paso, no tenga nada, igual seré el ser más feliz solo con una nariz rota y un baúl lleno de recuerdos para contarle a mis nietos.

2 comentarios:

Rosa Matias dijo...

Eres lo máximo. Eres admirable. Siempre te lo digo, pero ya no seguiré alimentando más tu ego.
Te quiero mucho. Gracias por ser mi amigo y por estar siempre ahí.

claudiatoro dijo...

Hi miki, te habla la voz de tu conciencia. te dejare un coment porque te lo mereces...es cierto que todo tiene recompensa, pero ese minuto que paso, no se repetira. Piensa en eso, y se feliz. Besos.